EL BOSQUE DE TAMARINDOS

 

Mi madre enviudó un dieciocho de agosto mientras paseaba por nuestro bosque de tamarindos gigantes, último reducto de una antigua hacienda española y herencia familiar por vía materna, junto con el bananal y el cafetal del norte. El bosque ha sido siempre para mi madre el santuario familiar donde las almas guerreras de sus antepasados descansan de sus gloriosas acciones, recordadas y enaltecidas por las flores amarillas y púrpuras que en lo alto de las copas desafían al salvaje sol tropical, particularmente feroz en esta zona centroamericana, antaño virreinato español y bastión de las primeras fuerzas colonizadoras. Nunca permitió que sus jugosas vainas, rellenas de pulpa ácida y refrescante, fueran aprovechadas con fines comerciales: "El peor de los sacrilegios es la profanación del pasado".  Nunca cedió ante las numerosas ofertas de los hacendados del departamento. No comprendían cómo poseyendo un bosque de tamarindos gigantes, el único del país, dejaba malperder sus frutos codiciados en todos los mercados, para la fabricación de milagrosas  bebidas medicinales e incluso potentes brebajes afrodisíacos.

Juan Bautista San Fernando, mi padre, Gobernador del séptimo departamento, desapareció en el pozo de ácido del Matadero Municipal de la capital junto con las tripas y pezuñas de un toro y una vaca que él mismo había degollado. El era el Gobernador; no tenía por qué haberse acercado al pozo, sin embargo su instinto profesional que nunca le abandonó, le empujaba a empuñar una y otra vez el estoque y el cuchillo, y ser el protagonista en la fase del degollamiento, como antes el verdugo en el cadalso. Sólo quedó de él la medalla de la abuela  que le regaló cuando se casó. Todo el mundo pensó que era un milagro. Ignoraban que mi abuela Ofelia, santera, de origen brasileño, poseía poderes ocultos que proporcionaban a los objetos extrañas propiedades. Cuando le llevé la medalla a mi madre, con una voz que parecía venir de ultratumba exclamó: "Es la maldición del Virrey…"; ordenó construir una pequeña capilla en el centro del bosque, junto a la casa, y plantar seis tamarindos sobre cada uno de los seis trozos en que partió la medalla. Desde que volvimos de la capital, después de fallecer doña Luisa, pasa los días en la capilla. Habla con cualquiera de los seis árboles como si se tratarán de mi padre: "Recuerdas, Juan Bautista, aquellos eran otros tiempos…".

Cuando yo tenía diez años mi padre ostentaba el cargo de Inspector de Seguridad del séptimo departamento, situado en la zona norte del país, al frente del cual estaba don Santiago Mejías, uno de los gobernadores más influyentes y allegados al Presidente de la República. Su principal cometido era el mantenimiento del orden en los yacimientos de caolín situados en el Valle de La Virgen, "el mar de arcilla", como era conocido por las numerosas extracciones dedicadas a la obtención de la arcilla más pura, empleada en la fabricación de porcelana y loza fina, famosas en todo el mundo por su singular estilo exótico y primitivo. En los colores y dibujos de las vasijas se adivinaba un pasado poderoso y enigmático, perdido para siempre en la jungla de la civilización y la diplomacia partidista.

La exportación estaba en manos de las principales multinacionales americanas afincadas en el país, con el beneplácito del Presidente, el General Román de los Ríos, y de su séquito de dieciocho gobernadores al mando de los respectivos departamentos en que se divide el país. El ejército salvaguardaba los principios democráticos del sempiterno P.D.A.S. (Partido democrático de Avance Social) y los pingües beneficios del gobierno. El pueblo se hundía cada vez más en el pozo de la ignorancia y la desesperación. Soplaban aires de revolución y se intensificaron las medidas de "seguridad ciudadana".

Mi padre nunca se perdonó haber nacido mestizo. Era el político más joven y prometedor del departamento, brazo derecho de don Santiago, y uno de los más furibundos racistas de país. Por eso se casó con Guadalupe Menéndez, protegida de don Santiago, de ascendencia española,  bella y sobre todo blanca. La boda fue un trato entre don Santiago y  mi padre.

Mi madre era la única hija y huérfana, de una familia descendiente del primer Virrey español sobre la que existía una extraña enfermedad hereditaria que afectaba a las mujeres. Cuando llegaban a la época de la menopausia  perdían la razón y morían en un plazo de cinco años. Esta afección se presentaba en bastantes familias nobles y la leyenda achaca la "herencia negra", a los desmanes carnales cometidos por los primeros colonizadores, sin ningún tipo de precaución, en los primeros capítulos de su actuación evangelizadora y civilizadora.

Mi nacimiento marcó el comienzo del distanciamiento entre mis padres. Conseguido su objetivo: tener un hijo de una familia noble y blanca del país, se dedicó de lleno a administrar las fincas de mi madre y a las tareas de inspección que le encomendaba don Santiago. Muy pocas veces aparecía por la casa del bosque y mi madre cada vez más sola y desvariada, deambulaba por los numerosos caminos radiales que confluyen en el claro del centro, único lugar donde llega el sol y donde está ubicada la vivienda familiar. Entonces ya creía, en su delirio, que cada árbol era un Menéndez cuyas raíces abrazaban los huesos de sus antepasados que a través del tronco intentaban trepar hasta la copa del árbol para ver por fin la luz.

 

 

Mi padre recorría factoría por factoría  ejecutando a los acusados de "traición a la nación", después de sumarísimos y relampagueantes juicios celebrados por tribunales volantes que le acompañaban en todas las partidas y que se transformaban, una vez emitida la invariable sentencia de muerte, en eficaces piquetes de ejecución.. En dos años quitó la vida a más de mil personas, sin embargo él se consideraba un patriota al servicio del Gobierno y para mí ha sido el mejor de los padres.

Solía llevarme en sus visitas de inspección a los yacimientos de caolín para que fuera aprendiendo el "oficio". Es el único lugar de Centroamérica donde se da esta rara variedad de arcilla, debido a que durante la Era Terciaria el mar cubría esta parte del mundo y se iban depositando en sus fondos los estratos de sedimentos que explotados desde las más antiguas civilizaciones, eran entonces una  de las mayores fuentes de ingresos del país. No obstante el procedimiento de extracción era casi milenario. Cientos de obreros excavaban enormes agujeros abiertos al cielo y construían interminables caminos helicoidales que se perdían en el seno de la tierra. Allí, donde no llegaba el sol y los hombres acababan sus vidas casi ciegos, se encontraban las vetas de caolín. Era el tercer nivel, como se denominaba en el argot minero. En el segundo se encontraban los estratos de arcilla  con un alto contenido de hierro: venas verdes, anaranjadas y rojizas. Cerca de la superficie, en el primer nivel, los estratos de la arcilla más impura, empleada en la fabricación de ladrillos. Con los hornos y las "maquinas de coser botijos", como ellos decían, trasformaban aquella masa dócil en ladrillos, objetos de loza fina, cacharrería,  aislantes, lavabos, tuberías y hermosos azulejos que luego cubrirían las paredes de palacios y templos. Los obreros malvivían allí mismo, al borde del agujero, en casuchas miserables de adobe, junto a los hornos, los tornos y los secaderos.

Había que ver a los viejos con su color de arcilla amarilla y a los jóvenes  con sus caras sangrientas y rojizas. Era como si el agujero estuviera dando vueltas y ellos cambiaran de color, pasando del rojo al amarillo y del amarillo al blanco con el tiempo y el movimiento. Era curioso el espectáculo al amanecer. Todo el mundo hacia abajo, con los asnos, en romería, entre nubes de polvo que a lo largo del día se recalentaban y depositaban en los huesos más profundos. Se tardaba más dos horas en llegar al tercer nivel. Y la distancia se serpenteaba, y los rebuznos retumbaban con el eco de tal forma que aquello parecía el agujero del diablo.

Aquellos fueron mis mejores años. Mientras mi padre se reunía con los responsables de las factorías, yo exploraba con los hijos de los guardianes el cementerio de los asnos. Nos sentíamos atraídos por el panorama de los vientres hinchados y blanquecinos, unos sobre otros, formado enormes pilas de carne putrefacta. Morían a cientos, el calor y las cuestas los mataban. Nos hicimos verdaderos expertos. Sabíamos con exactitud si el cadáver era reciente o viejo, e incluso la hora exacta de su muerte. Se podía adivinar por la marca de las costillas. Si tenían el vientre hinchado, duro y tenso estaba "verde"; si las costillas se le adivinaban a través de la piel estaba "maduro". Recuerdo aquella tarde en que colgamos un cencerro al ejemplar de buitre macho más hermoso de toda la población carroñera. Todavía puedo sentir a través de aquella acolchada pared de plumas agresivas, los latidos frenéticos de aquel animal. Mientras sus alas eran atenazadas, a duras penas, por catorce brazos minúsculos que le impedían elevar el vuelo, con sus garras intentaba desgarrarnos las piernas y con su pico curvo cortaba el aire buscando nuestras cabezas como si de una guadaña  mortal se tratara. Nunca supimos quién lo hizo, pero el cencerro por fin colgaba del cuello del buitre. Nos apartamos exhaustos y expectantes observando al animal que desconcertado y molesto por el peso intentaba elevarse batiendo con fuerza sus alas y levantando una polvareda que aumentaba más su desesperación. Con los forcejeos el cencerro emitió su ronco tañido. El buitre al escucharlo quedó inmóvil y espantado, y como poseído por una extraña fuerza, intentando escapar de él, se elevó después de una sorprendente carrera despegando como un avión y perdiéndose con su monótona estela musical más allá del valle.

Yo vivía en un mundo irreal: las visitas de inspección a las minas, el cementerio de los asnos, mi tranquila vida en la casa del bosque; sin embargo la realidad era muy distinta. El país vivía en la miseria bajo las botas del gobierno militar cuyo mandato vitalicio empezaba a ser contestado. Los  primeros focos revolucionarios brotaron en el Valle de la Virgen. Los mineros intentaron en repetidas ocasiones  hacerse con las factorías de caolín, pero los mercenarios extranjeros contratados  por el gobierno sofocaban las revueltas a golpe de machete y mi padre, cuando todo se calmaba, limpiaba las minas de rebeldes gracias a la información de los infiltrados en la población.

Pasaron los años y se inventaron nuevo productos como el plexiglás , la bakelita, los cauchos sintéticos, el nylón y maravillosas aleaciones muy baratas y de grandes resultados que acabaron con el sector de la cerámica. Don Santiago cerró las minas, la gente emigró a la capital o a otros departamentos y comenzó  para la familia una nueva etapa. Del "mar de arcilla" sólo quedan  las ruinas de las factorías  enclavadas al borde de las decenas de agujeros que como cuencas vacías de cadáveres esperan inútilmente una resurrección  imposible.

 

 

            Recuerdo perfectamente la expresión de júbilo de mi padre cuando nos comunicó que don Santiago, en premio a sus buenos servicios, le había nombrado Inspector General de Sanidad del departamento, con despacho en la capital, cerca del Matadero Municipal. Como él decía: "Y sigo en el mismo oficio..." Entonces no supe si se refería al de Inspector o al de matarife... Lo cierto es que tenía que acudir dos o tres veces al mes al Matadero Municipal para supervisar las partidas de carne que luego se distribuirían por toda la ciudad. Entonces se aficionó a degollar animales. Un Inspector General no degolla a las bestias moribundas, pero él opinaba que todos debíamos dar ejemplo; en el fondo le gustaba. Tenía que sentir la sangre caliente correr por  sus manos como antaño... Mi padre y yo vivíamos la mayor parte del mes en la residencia de don Santiago, en la capital, y mi madre quedó definitivamente abandonada a su suerte en la casa del bosque. Mi padre me colocó como secretario de don Luis Antonio Sánchez, Director del Matadero Municipal. Luego supe que entre mi padre, don Santiago y don Luis controlaban toda la exportación e importación de productos alimenticios, por supuesto también cárnicos, del departamento. Por aquellas fechas don Santiago, aquejado de unas extrañas fiebres, se veía obligado a permanecer en cama durante todo el día, delegando en mi padre gran parte de sus atribuciones.

Cuando don Santiago murió mi padre ya se acostaba con su mujer, doña Luisa Acosta, dos o tres veces por semana desde que comenzó a presentar síntomas de gravedad. Al cabo de los años, me confesó que entre él y doña Luisa envenenaron a su marido poco a poco. La muerte del Gobernador desencadenó una feroz campaña por el puesto de máximo dirigente del departamento. Mi padre la ganó con la ayuda de doña Luisa que intercedió ante el General Roman de los Ríos que es en última instancia quien nombra a los gobernadores. Las campañas son una pantalla que sirve para apaciguar al pueblo y dar un talante democrático al aparato administrativo. Inmediatamente ocupé el puesto de don Luis y asumí también el cargo de Inspector General de Sanidad. Era una de las máximas de mi padre: "El control será eficaz, cuando el poder esté en pocas manos". Así pues, hacía las veces de Director e Inspector; en realidad me encargaba de blanquear grandes sumas de dinero que mi padre desviaba de los presupuestos que supuestamente estaban destinados al departamento de sanidad y al desarrollo tecnológico del sector cárnico. Nunca se introdujeron mejoras en el Matadero Municipal. Seguíamos con los pozos de ácido para hacer desaparecer los deshechos y con una escasa mecanización que obligaba a emplear gran cantidad de mano de obra poco cualificada. Solía venir a menudo por el matadero, en su coche oficial, con sus guardaespaldas colombianos. Se rozaba con los peones en todas las dependencias: el patio, la sala de calderas, el degolladero; en el fondo era uno más de ellos. Todavía lo recuerdo con el delantal verde, los brazos remangados y sanguinolentos y aquel enorme cuchillo que tan diestramente manejaba. Como él decía: "Un buen Gobernador debe manejar bien la pluma". Esa fue la causa por la que doña Luisa ya no quiso volver a verle. Yo ocupé su lugar. A mí me repugnaba. Era casi tres veces mayor que yo. Cuando la abrazaba  tenía la sensación de estar acostado con una de las ovejas moribundas y arrugadas que mi padre degollaba. Pero ese era el camino, un día llegaría a ser Gobernador, y más adelante... Por mi cabeza corrían increíbles proyectos confiando que con el tiempo se cumplirían.

Después del accidente de mi padre doña Luisa ya no quiso volver a verme. Siempre estuvo enamorada de él. El  día de los funerales se visitó de negro y después de pasearse por toda la ciudad en un carruaje descubierto y tirado por seis caballos blancos, para que todos la vieran y acabaran de murmurar todo lo que habían criticado los últimos años, se encerró en su cuarto durante dos semanas. Cuando salió me hizo llamar para comunicarme que me apoyaría en mi campaña por el puesto de Gobernador y que estaría a mi lado hasta el fin de sus días.

El centenario Presidente, el General Román de los Ríos, nombró Gobernador una vez más a Juan Bautista San Fernando, hijo, lo que me permitió introducir varios cambios acordes con los tiempos que corrían, después de asumir los cargos de Director del Matadero Municipal, Inspector de Sanidad y Gobernador del departamento, de acuerdo con las enseñanzas de mi padre.

Todos los gobernadores de los restantes departamentos acudieron a la inauguración del horno crematorio. La admiración fue unánime. Es capar de quemar los despojos inservibles de veinte vacas y veinte carneros a la vez. Se cegaron los pozos de ácido y comenzó una nueva era para el sector cárnico del país.

Después de viajar por E.E.U.U. y Europa estudiando los adelantos en la mecanización del sector, instalé en todos los mataderos del departamento el sistema de "cadena". Es sorprendente, se coloca el cadáver del animal al principio de una cinta transportadora y se obtienen al final del proceso los despojos y el cuerpo perfectamente descuartizado: tripas, huesos, carne de primera, de segunda, etc. La masa obrera no vio con buenos ojos a los robots carniceros; la maquinaria lo hace todo, sobra mano de obra, pero es el progreso y nadie lo puede detener.

 

 

Doña Luisa cayó enferma igual que don Santiago y mi madre se trasladó a la capital para cuidarla. No me costó mucho convencerla para que abandonase su bosque de tamarindos; siempre ha tenido una gran debilidad por mí. Su comportamiento fue ejemplar, horas y horas  en la cabecera del lecho de muerte de doña Luisa, esperando el último estertor de la moribunda. Todos creyeron que la mató la pena. Lo cierto es que murió a manos de mi madre, con el mismo veneno que le suministraron a don Santiago, pero endulzado por la pulpa de tamarindo. Siempre supo lo de mi padre y doña Luisa, sin embargo nunca dijo nada.

Lamento haberla sacado de la hacienda.  Su crisis ha llegado a tal punto que cree que los tamarindos proclamarán a los cuatro vientos nuestros reprobables actos y que el castigo del Virrey alcanzará a todos los San Fernando. Recluirla no es la solución, nadie de la familia ha estado en un manicomio, sería un precedente escandaloso, daría que hablar y el inicio de la campaña para el puesto de Presidente de la República está cerca. El General es una momia agonizante y el país necesita un Presidente intachable. Pienso que mi madre pronto enfermará como don Santiago y doña Luisa. Nadie sospechará; todos creen que el espíritu del Virrey, sediento de sangre, vaga por el bosque guardando el sueño de sus moradores.

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