El circo

 

¡Cuántos recuerdos! Verdaderamente se vive más de una vida a lo largo de nuestra existencia. La infancia, la adolescencia, la juventud... No nos reconocemos en el pasado. Nos parece imposible que hiciéramos esto y aquello. Hemos sido diferentes personas en una, a lo  largo de una metamorfosis imparable e irrepetible. Entonces teníamos nueve años y todo un mundo por descubrir. Aquel verano comenzó con un acontecimiento extraordinario. El 21 de junio, un viernes por la tarde, como primer acto de nuestras vacaciones recién estrenadas, y antes de iniciar la temporada de pesca del cangrejo, acudiríamos al circo de Madame Vanessa que abría su puertas en una única función para todo el pueblo y los habitantes de las localidades limítrofes. En realidad las puertas eran las de la plaza de toros donde se había levantado una enorme capa roja que cubría todo el ruedo. En los alrededores de la plaza se había instalado durante la semana un singular mercadillo circense que había congregado todos los días a numerosos visitantes hasta el anochecer. En las cercanías de la puerta trasera se encontraban la churrería de Zacarías, con su olla de aceite hirviendo donde perdían su inmaculada blancura los exquisitos churros de pasta de anís,  y el osario de un gesticulante  mercader negro que ofrecía una variada muestra de apéndices óseos y piezas dentales de casi todo el reino animal: uñas de gato montés, picos de águila real, puntas de colmillos de elefante, dos dentaduras completas de lobo, gigantescos molares de rinoceronte…Cerca del abrevadero exterior se levantaban el tenderete del buhonero judío con la última novedad: "¡El reloj que marca la hora exacta de su muerte! ¡Cómprenlo y estén preparados!", y las jaulas del zoólogo chino con loros que recitaban el credo en latín, monos con una escalofriante apariencia humana, serpientes de hipnotizantes colores que incitaban a tender la mano hacia ellas…Bordeando la pared de la plaza y hasta la puerta principal, se habían colocado toda clase de puestos donde se podían encontrar prendas de seda de mil colores, collares de piedras deslumbrantes, bálsamos y esencias embriagadores, antigüedades  sin catalogar…Era la antesala del circo que a lo largo la semana había sido anunciado por las calles como: "¡La parada de los monstruos. Vengan y vean los fenómenos que  Madame Vanessa ha recogido a lo largo y ancho del planeta: La Mujer Bicéfala, La Serpiente Humana, El Hombre Masa y el Niño Matusalén!".

El día estaba siendo especialmente caluroso y a las seis de la tarde, bajo la carpa, el numeroso público que abarrotaba las gradas de la plaza sudaba a mares, y con pitos y palmas exigía el comienzo del espectáculo. Súbitamente, por medio de la megafonía, se anunció después de un toque de trompeta imperial la aparición de Madame Vanessa, directora del circo y maestra de ceremonias. Por la puerta de acceso a las caballerizas hizo su entrada en la plaza Madame Vanessa montada en un escuálido caballo que renqueante dio la vuelta a la plaza y se detuvo en mitad del ruedo, cerca de una tarima, donde ella iba a presentar los diferentes números. Marco, Luis y yo, "la banda", estábamos sentados debajo del palco principal, ocupado por el alcalde, los maestros, el capitán de la Guardia Civil y todos los que habían entrado gratis. Nos habían adelantado la paga del domingo, aunque al final conseguimos saltar la tapia de los corrales y a través del túnel que daba a la plaza acceder a las gradas. La desilusión al ver el aspecto que ofrecía Madame Vanessa se manifestó por gran parte del respetable en forma de pitos, abucheos y gritos de: "¡Que salga tu nieta! ¡La abuela del circo!". Sí, Madame Vanessa era una anciana octogenaria vestida con un traje azul de trapecista que le venía bastante grande para su  ajado y vetusto cuerpo. En el caballo, la capa roja ocultó su figura; además, el exceso de maquillaje al derretirse por el calor, convirtió su cara en un máscara tragicómica de imposible interpretación. Ella, sin inmutarse, bajándose como pudo del caballo a la tarima y agarrándose al pie del micrófono para no perder el equilibrio, con voz temblorosa y ronca dio la bienvenida al público y les invitó a ver lo nunca visto, a dejarse asombrar por los fenómenos de la naturaleza y a guardar silencio ante los escalofriantes números que iban a acontecer.

Cuando se hizo el silencio, poniéndose de puntillas y elevando la voz con todas sus fuerzas anunció a: "¡La Mujer Bicéfala! ¡Las únicas hermanas siamesas que comparten un solo cuerpo!". Acto seguido, se volvió hacia la puerta de las caballerizas, levantó la mano derecha y comenzó a sonar una música oriental a la vez que una figura femenina semidesnuda se dirigía hacia el centro del ruedo a la carrera. Se detuvo delante de la tarima, frente al palco principal, y cuando comenzó a contonearse al ritmo de la melodía todos pudieron comprobar primero con asombro y luego con horror ¡qué tenían dos cabezas en un solo cuerpo!, cubiertas por sendos velos que ocultaban sus narices y bocas. Al finalizar la danza que embelesó a todos los mudos y atónitos espectadores, las dos hermanas se inclinaron en todas las direcciones hasta que una voz solitaria se hizo oír con fuerza: "¡Que se quiten el velo!". Poco a poco otras voces se le unieron y al final toda la concurrencia pedía, exigía que se quitaran el velo. Ellas miraron a Madame Vanessa que asintió, y, despacio, con una mano para cada cara, apartaron los velos que escondían las facciones más delicadas y perfectas que nadie pudiera imaginar. Un aplauso atronador premió tan extraordinario acontecimiento, y después de lanzar numerosos besos, a pares, de agradecimiento, se marcharon tan corriendo como vinieron. A nosotros no nos pareció nada extraordinario, Luis tenía una cerda que una vez parió un cochino con dos cabezas. Murió a las diez horas, aunque seguramente lo mató ella.

Un nuevo toque de trompeta silenció al cada vez más acalorado público. Eran las siete y media de la tarde, y el calor bochornoso se filtraba a través de la carpa convirtiendo el recinto cubierto en una enorme sauna. Madame Vanessa, con su traje completo de trapecista y su larga capa, aparentemente insensible al calor, anunció el siguiente número: "¡La Serpiente Humana!". Durante algunos minutos nadie hizo acto de presencia. Los más impacientes empezaron a silbar hasta que se percataron de los gestos de Madame Vanessa que señalaba la puerta del toril. Todos esperábamos que irrumpiera alguna especie de ofidio gigante dominado a duras penas por su domador. Para sorpresa general, algo o alguien irrumpió arrastrándose por la arena con la intención de dar la vuelta al ruedo. Los que estaban más cerca del burladero pudieron darse cuenta que se trataba de un desgraciado que sin brazos ni piernas, sólo con la ayuda de la barbilla y dos muñones que sobresalían de los hombros, protegidos por piezas de cuero, se deslizaba serpenteando como si de una mutilada culebra se tratara. Madame Vanessa explicó que era una víctima de la talidomida que encontró abandonado en un hospital ruso. Ella lo crió y le enseñó a sacar partido de su deformidad. Esa tarde iba a intentar batir el récord mundial de deslizamiento sobre arena dando cien vueltas a la plaza. Mientras ella hablaba, el tronco reptador había adquirido una velocidad inaudita jaleado por el público que puesto en pie azuzaba su frenético zig zag. Sin previo aviso, otro toque de trompeta anunció el siguiente número que iba a tener lugar al mismo tiempo que la carrera circundante. Nosotros habíamos planeado disparar con nuestros tirachinas las bolas de miga de pan endurecidas que nos habían sobrado de la jornada de pesca del día anterior a La Serpiente Humana cada vez que pasara debajo del palco presidencial. Como estábamos algo lejos nos situamos cerca del burladero, a una buena distancia de tiro. Nuevamente Madame Vanessa presentó la actuación más importante del circo: "¡El Hombre Masa y El Niño Matusalén!". Las puertas de las caballerizas se volvieron a abrir y un ¡Oooooh! de sorpresa recorrió el graderío. Un estrambótico carricoche formado por un armazón de planchas y tubos metálicos que sostenían un contenedor ovalado, de gruesas ruedas de goma, irrumpió en la arena tirado por cincuenta poneys negros y robustos, y comenzó a dar la vuelta a la plaza en sentido contrario a La Serpiente Humana. Pero lo que causó mayor asombro no fueron los caballitos enanos, sino los personajes que ocupaban el carruaje. En el contenedor viajaba El Hombre Masa; como Madame Vanessa relató, a partir de los doce años su cuerpo empezó a hincharse misteriosamente adquiriendo una tonalidad rojiza como si fuera a estallar. Algunos lo achacaron al mal de ojo que le echó una bruja zíngara llegada a su pueblo en un circo ambulante camino de Rumania. El futuro que leyó en su inocente mano albergó en sus padres las mayores esperanzas: "Serás tan grande como el Sol". A los veinte años su cuerpo extremadamente deformado ocupaba un sillón semiesférico hecho especialmente para él. A esa edad en la que el cuerpo pugna por conquistar las más altas cotas, el suyo era una inmensa bola de carne irregular y sudorosa, donde apenas sobresalían las piernas y los brazos, teniendo por cabeza un abultamiento donde se distinguían con dificultad la boca, la nariz y los ojos semicerrados.  A los cuarenta era ya un ser de cuatrocientos kilos que tenía que ser transportado por todo el mundo y que ofrecía su cuerpo para experimentar cualquier método de adelgazamiento. No menos extraordinario era el caso de El Niño Matusalén que guiaba el carromato desde el pescante. Tenía sesenta y cinco años y la apariencia física de un niño de diez años. Era uno de los cinco casos mundiales de infantilismo somático crónico. Vivía en un ataúd de carne y hueso. Nadie podía comprender su infierno. Pensar como anciano, ser un anciano y aparentar la inocencia de un niño. Había visto morir a sus padres, crecer y casarse a su primer amor juvenil y luego desesperadamente adulto. Destinado a vivir en un pasado físico y presente mental irreconciliables, optó por ofrecerse al circo de Madame Vanessa junto a otros fenómenos que por lo menos le igualarían en su capacidad de sorprender a un público ávido de lo insólito y prohibido. Marco, Luis y yo nos habíamos concentrado en La Serpiente Humana que a cada vuelta nos miraba de reojo esperando el certero bolazo. Repentinamente se escuchó un estruendo que viniendo de lejos estalló sobre la carpa en forma de una lluvia violenta y numeroso aparato eléctrico atraído por el poste central que sujetaba el armazón del circo. La primera tormenta de verano que se había ido gestando a lo largo del día, reventó con todo su peso sobre la ciudad y particularmente sobre la plaza de toros. Al agua y el viento se unió el granizo que golpeando con furia sobre la techumbre de lona hizo enmudecer a la megafonía y encabritarse a los poneys que histéricos hicieron volcar el carro y dar con el cuerpo de El Hombre Masa en la arena. Cuando el personal del circo y El Niño Matusalén intentaban en vano darle la vuelta para que no se asfixiara, un crujido de mástil resquebrajado hizo volver las miradas de los aterrorizados espectadores hacia el poste central que se desplomaba sin remedio sobre la tarima, donde una impotente Madame Vanessa, con los brazos abiertos, esperaba el mortal abrazo. La lona se vino abajo y el pánico se apoderó de los espectadores que a empujones y pisotones, intentaban escapar de aquella enorme ratonera. El agua empezaba a penetrar por los desagües desbordados al interior del coso taurino y nosotros salimos por donde entramos, seguidos por El Niño Matusalén y la mirada desesperada de La Serpiente Humana antes de ser arrastrado por la tromba de agua. Nos refugiamos en uno de los vagones abandonados de la estación cercana a la plaza de toros. Allí, empapados y ateridos de frío, esperamos a que dejara de llover, cosa que no hizo hasta bien entrada la noche.

La radio y los periódicos se hicieron eco del desastre al día siguiente. Diez  muertos por aplastamiento y ahogamiento, entre ellos Madame Vanessa y El Hombre Masa. Cuarenta heridos y dos desaparecidos: La Serpiente Humana y El Niño Matusalén. Se rastrearon las acequias de regadío cercanas a la plaza de toros y las orillas del río, en busca del tronco de La Serpiente Humana, pero no hubo suerte. ¿Puede alguien sobrevivir a una inundación sin brazos ni piernas? En cuanto a El Niño Matusalén, con una ridícula voz de vicetiple, nos confesó sus planes mientras nos secábamos. Estaba cansado de ser uno de los monstruos de Madame Vanessa y esa misma noche, en el último vagón del tren de mercancías que pasaba a las dos de la madrugada, dejaría el circo y se marcharía en busca de fortuna a París. Quizás como modelo de algún extravagante pintor o camarero en algún cafetín marginal de la orilla del Sena. Nosotros no sabíamos dónde estaba París, bueno Marco sí, tenía dentro de la cabeza un atlas, y más que a sus palabras prestábamos atención a la ridícula figura que teníamos delante. Su calvicie total, sus ojos hundidos y apagados, su boca desdentada, su cuerpo diminuto y enclenque, daba la impresión de estar prisionero en un organismo que no le pertenecía.

Durante los tres días siguientes, a pesar de que estaba prohibido, hicimos varias incursiones nocturnas a la plaza de toros y sus alrededores en busca de nuevas piezas para nuestro tesoro. El agua había arrastrado todos los puestos del mercadillo y algunas de sus reliquias podían estar enterradas entre el barro. Sólo encontramos un pequeño puñal de doble filo con una inscripción en la hoja: "Life and death" que en aquella época no supimos descifrar.

 

Madame Vanessa

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