DONDE SE PONE EL SOL
Como cada día, Antonio está en la playa lavando su barca. Ya hace dos años que no sale a pescar. Desde entonces, no ha pasado un sólo día sin sentir nostalgia por ello. Sobre todo, cuando ve el mar tan bonito como hoy, entones le entra una profunda tristeza. Anhela la emoción sentida al notar cómo pica la presa en el anzuelo, los amaneceres en el mar y el regreso a su casa después de una larga jornada de trabajo. Pero todo ha acabado. Lanza un cubo de agua dulce contra la madera descascarillada y podrida de su barca y se pregunta con la amargura del que siente el implacable peso del tiempo sobre sus hombros ¿Qué vamos a hacer ahora, compañera?
Una ráfaga de aire frío le azota la cara. El verano está acabando y con él se marcharán los pocos turistas curiosos que se acercaron al pueblo. Se quedará vacío y, otra vez, las gentes se cerrarán en sus casas. El tiempo transcurrirá lento, pesado, asfixiante y los silencios únicamente se verán interrumpidos por los reproches mudos de su mujer y las miradas ciegas de la convivencia. Ella no aprueba que baje a la playa, piensa que no sirve de nada molestarse en tener limpio ese inútil cacharro. Pero él es incapaz de quedarse en casa oyendo el tic-tac de un viejo reloj mientras las agujas giran en un eterno retorno insufrible. No. Esta vez no podría soportarlo.
Aparta con el pie una botella vacía que rezuma olor a vino, restos de una juerga nocturna. En la playa no hay nadie y las gaviotas revolotean alborotadas por la orilla dejando sus huellas en la húmeda arena. Le parece estar oyendo los reproches de su mujer por hacer más esfuerzo del debido. Siente pena por ella, toda su vida se ha sacrificado sin pedir nada a cambio. Abandonó a su familia y cruzó el Atlántico para retirarse a vivir a una pequeña aldea de Galicia, con gente desconocida de costumbres muy distintas a las suyas. Nunca le había pedido otra cosa que no fuera un poco de comprensión. Incluso cuando eran jóvenes y él llegaba a altas horas de la madrugada, entonando canciones de marinero aprendidas en la taberna, no pedía explicaciones. Suspira; Se palpa el rostro y siente que los estragos del tiempo y el aire marino han hecho mella en su piel. Es consciente de que las luces de su faro se están apagando y de que se está convirtiendo en un náufrago de los tantos que salpican la imaginación de su pueblo.
El sol se está poniendo. En el horizonte, no se divisa una nube. Antonio está exhausto, lo único que quiere es tumbarse en la cama y cerrar los ojos. Ha recorrido un largo camino, lleno de alegrías y penas, sueños e ilusiones, pero debe romper de una vez por todas los nudos que le atan y oprimen. Con gran esfuerzo arrastra su barca hasta la orilla. La marea está subiendo, pronto el mar se tragará a su amiga y será destrozada por 1as rocas. Pero prefiere un final digno a prolongar por mas tiempo su lenta agonía en la playa. Con paso lento e inseguro, sube la cuesta que se dirige a su casa. Antes de entrar, ya en la puerta, se gira lentamente para contemplar el gran charco azul que se abre en la tierra. Mira el mar como se mira a una persona con la que se ha compartido muchas cosas y no sabes si la vas a volver a ver algún día. Una lágrima resbala por la mejilla cuarteada de Antonio. ¿Acaso está llorando? Los marineros no lloran, le decía su padre. En el interior de la casa hay un fuego encendido. Su mujer está preparando las sardinas para la cena, Antonio entra, se acerca y le acaricia el pelo con dulzura. Ella se vuelve, le mira a los ojos y ve reflejado en ellos el azul del mar -¿Qué ocurre Antonio?, le pregunta con el temor del que sabe que está fraguando algo a su alrededor y no sabe muy bien de qué se trata. -Ocurre que ha llegado la hora de que mi barco llegue a puerto, Sonríe. Esa noche Antonio sueña que navega con su barca lejos, muy lejos, hacia donde se pone el sol.
Idoia Gil Couso
