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14 de julio de 2001


Ambiente de tragedia

 

Miura / Zotoluco, Padilla, Renco

JOAQUÍN VIDAL | Pamplona

 

El final de los sanfermines estuvo rodeado por la tragedia: el asesinato de Múgica, el cornadón que sufrió Juan José Padilla, el guadañazo de un miura que de poco decapita a Zotoluco.

Lo de Padilla fue terrible. Entró a matar y el miura le atravesó el cuello. Así, como suena. Una cornada seca, a toma y daca, que tiró al torero al suelo y lo dejó allí exánime. Las cuadrillas se apresuraron a llevarlo a la enfermería y era tal el nerviosismo que ni acertaban el camino.

Hasta la climatología se sumó a la trágica tarde sanferminera. De repente hacía frío, se levantaba el viento, venían nubes renegridas cubriendo los tejadillos.

Un crimen de ETA había apesadumbrado a las buenas gentes. Pamplona, la verdad, después del atentado contra José Javier Múgica, concejal de UPN en la población navarra de Leitza, no estaba precisamente para fiestas. La corrida de toros, última de la feria, se celebró porque los sanfermines son más un rito y un símbolo que una fiesta.

Antes de empezar se guardó un minuto de silencio en memoria de la víctima de la banda asesina. No hubo exactamente silencio porque salieron algunos pitos estúpidos y el público reaccionó con una ovación cerrada. La estupidez no acabó aquí. Volvería corrida adelante cuando sacaron en tendido de sol una pancarta referida a la amnistía, y los espectadores, prácticamente la plaza entera, mandaron a esos estúpidos a la mierda.

Al terminar el paseíllo las cuadrillas se sumaron al minuto de silencio que había precedido a su comparecencia. 'Nosotros también y en primera línea', debieron decir. Y ahora la ovación que estalló abarcaba al noble gesto de los toreros.

La torería se demuestra de muchas maneras y esa no era la de menor fuste. Después los toreros la volvieron a demostrar en cuanto salió el toro. Se trataba de un zancudo y destartalado miura con impresionante arboladura y fea estampa, cuyas intenciones no le iban a la zaga. Zotoluco lo saludó mediante una larga cambiada de rodillas, el toro la tomó tirándole un derrote terrible al cuello y por unos centímetros no lo dejó allí decapitado.

Todas las acciones de Zotoluco que siguieron fueron valentísimas. Lidió, muleteó arrojado, desplegó alardes temerarios, mató certero y se llevó una oreja. Al toro que hirió a Padilla lo descabelló sin acierto y entonces oyó pitos. Al cuarto, poderoso y bronco, volvió a pisarle terrenos comprometidos, libró tarascadas, el toro le regateaba con el sentido propio de los pregonaos, y tardó en matarlo.

Al sexto -con cuatro miuras hubo de medirse Zotoluco a causa del percance de Padilla- lo lidió aportando pundonor y maestría, se fajó en tandas muleteras de inverosimil ejecución por la bronquedad del animal, y le cortó una oreja que le valía para salir por la puerta grande con todo merecimiento. Visto el acíbar que se pasó, los amargos trances que provocaron los miuras, la generosa entrega del espada mexicano, esa salida a hombros por la puerta grande es la mejor ganada de la feria.

El Renco pasó parecidos apuros. El joven diestro derrochó asimismo pundonor para sacarles a los miuras un partido que no tenían y hasta incurrió en inútiles temeridades como ejecutar molinetes de rodillas o darse a las manoletinas que, naturalmente, acababan en horribles enganchones.

Pero quien se empeñó en hacer de su actuación proeza fue Juan José Padilla, que banderilleó atlético, procuró prender el par del violín sin lograrlo, toreó de muleta en los medios con evidente afán, recurrió también a las manoletinas, y al realizar el volapié en corto y por derecho se llevó una cornada espantosa, muy grave, de inciertas consecuencias. Mal fin de los sanfermines fue ese.

El Pobre de mí, que siempre trae aires nostálgicos, esta vez vino teñido de tragedia.

 

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